Cucarachita
Ya había pasado la hora de la media noche y estaba haciendo más frío de lo usual. Realmente estaba haciendo bastante frío. El aire venía cargado del este un tanto húmedo, cuestión que se sentía en la piel, en los huesos.
Ramoncito alcanzó la botella de aguardiente y tomó a boca de jarro un grueso trago que le quemó la garganta y le estremeció el estómago de abajo hacia arriba.No recordaba haber tomado licor anteriormente, pero lo hizo no por el frío, sino para que Cucarachita no lo viera como un niño. Conversaban de temas variados y en cada cuento, cada uno de ellos era un héroe; conversaban sin parar, moviéndose incesantemente de un lado para otro como cuidándose las espaldas.
La brisa alborotaba el hedor de las aguas negras que bajaban por la quebrada y que dividía el barrio en dos. Esa quebrada que venía descendiendo del Ávila y al intrincarse en el caserío perdía su virgen frescura. Los parroquianos dormían al pie del monte verde, aunque algunas luces encendidas denotaban algún sonámbulo o trasnochado. El Gordo sacó la cartera de su bolsillo trasero y de allí extrajo una bolsita de papel transparente con unos gramos de cocaína.
Cucarachita se aproximó estrepitosamente arrebatándole de las manos la droga, impregnándose la nariz hasta clausurarla, taconeándola con una ansiedad de sediento, de hambriento, casi de muerte. Paulatinamente, el otrora sigiloso murmullo de los muchachos comenzó a subir de tono, transformándose la conversación en un altisonante palabreo, marcado por las risotadas y las groserías repetidas y redundantes.
La escena parecía una obra de teatro con luces azules delante de un fondo negro y tres personajes delgaduchos flotando en una atmósfera de pánico, de angustia, perdidos en un tiempo absurdo como si nada importara. Ramoncito comenzó a ponerse nervioso, casi podía ver al cerrar los ojos, las venas de su estómago, pulsantes, latiendo y comprimiéndolo fuertemente hasta hacerlo desaparecer.
Por mero placer, Cucarachita sacó de su cintura un armamento negro, largo y pesado, el cual exhibía a las casas durmientes. Jugaba una ruleta rusa imaginaria disparando chasquidos de saliva bajo los ojos extraviados, la punta del armamento rozaba cabezas, rostros, piernas, brazos con la sádica presión del hierro frío sobre los muchachos. Ramoncito continuaba nervioso. Su madre le había advertido clara y repetidamente que se alejara de estas juntas; que recordara como murió su hermano, pero él sabía que ella no estaba en honda, que no sabía lo que era ser un hombre.
En ese instante preciso, Cucarachita soltó dos disparos hermanos, que explotaron, perdiéndose en lo alto. El sonido se propagó por los callejones como un eco infinito. Los vecinos del barrio se estremecieron en la oscuridad, pero ninguna puerta ni ventana se abrió, ninguna luz partió la noche. Cucarachita celebraba la acción dando pasos de borracho, tambaleándose con un baile improvisado, sin ritmo, sin música.
Tanto el Gordo como Ramoncito sudaban frío por temor a recibir un disparo de ese hierro sin control que zigzagueaba relampagueante por doquier, pero se mantenían firmes con una risita indómita, sin darle importancia a los acontecimientos y con el horror galopante por sus venas. Entonces, Cucarachita apuntó directamente entre los dos ojos de Ramoncito y soltó el disparo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario