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sábado, 25 de abril de 2015

“Señorita, por favor sírvame un güisqui”

“Señorita, por favor sírvame un güisqui”
Tan solo llevaba un bolso de mano. Salí de casa apurado con un baño de vaquero a cuestas, como si me hubiese dado un chapuzón a orillas de un manantial. No tenía que perder tiempo y entonces recordaba esas películas americanas donde siempre hay un personaje corriendo para todas partes en avión como si fuera a un centro comercial de compras. Mis documentos estaban al día, eso era lo importante; también llevaba unos cuantos dólares en el bolsillo, tarjetas de crédito, tarjetas de débito, la llave de mi apartamento en Miami, todo lo demás aguardaba por mi en esas tierras, incluso la suegra. Me sentía eufórico, aventurero, arriesgado como “el fugitivo” que fue un célebre personaje de una serie de televisión y que duró muchos años entreteniendo a la gente.

Siempre dudé en verme es esta penosa situación de salir corriendo de mi país por temor a la justicia, pero yo sabía en lo que me estaba metiendo y sinceramente, mis cuentas estaban tan gordas que daba vergüenza seguir engordándolas como si fuera una vaca eterna.

Naturalmente, me daba mucha vergüenza; mucha pena estar viviendo esta situación tan desagradable y nada elegante: un tipo como yo, profesional, estudiado dentro y fuera de Venezuela, casado con una bella mujer, exitoso, con buenas relaciones dentro del partido, con todas las comodidades en una ciudad tan difícil como Caracas, pero si no metía mano era un estúpido, porque el menos pintado tenía la vida resuelta.

Entonces, abordé el avión sin inconvenientes de ninguna índole y comencé a relajarme. Me puse a leer la prensa, miré por la ventana y solo se veía el mar intenso, agua y más agua: Allí fue cuando le dije a la azafata “Señorita, por favor sírvame un güisqui”

Llévenselo, llévenselo

-Llévenselo, llévenselo-gritaba el funcionario a los otros que cubrían sus rostros con pasamontañas negros y protegían su pecho con chalecos antibalas, mientras balanceaban sus pistolas 9mm de fabricación rusa-.
Las mujeres gritaban con mucha valentía que le dejaran tranquilo, que él no había hecho nada, que era un buen hombre de su casa, buen hijo, buen marido, buen padre y no se metía en política y menos contra el gobierno.
Pero, el hombre seguía contra la pared, sudando a raudales y pidiendo que le enseñaran la orden de cateo y de aprehensión que no aparecía por ningún lado.
-Deja de hablar tonterías-le respondía el funcionario con cara de militante político de la revolución- camina o te hacemos caminar-le dijo-
-¿Pero quién me acusa de golpista? -Preguntaba el hombre con una voz preñada de impotencia-
Un patriota cooperante-le dijo el funcionario-
Entonces , al pobre hombre lo sacaron de su casa tan rápidamente que ni siquiera puso los pies sobre el piso y cuando se dio cuenta , ya estaba en un calabozo de la policía política y comenzó a temer por su vida, como en los tiempos de Federico García Lorca.

Negro Cimarrón

Negro Cimarrón
Corría desesperadamente, saltaba riachuelos sorpresivos que bajaban furtivos desde la montaña. Los arbustos se perdían a mis espadas, mientras ascendía en la tierra desconocida: entré en una especie de santuario, sin pagar tributo.
Deseaba terminar lo más pronto posible con el escape de la esclavitud y conseguirme en algún lugar con negros que habían huido de la opresión. Abajo, a lo lejos, se escuchaban voces ocasionales y ladridos permanentes de bestias intransigentes.
Mis pies descalzos eran ingobernables, parecían independientes de mi corazón y de mi pensamiento. Me convertí en viento, soplando paso a paso; arrastrando la tierra negra, generosa, materna y afectuosa, que recibía el peso de mi cuerpo.
Descansé brevemente entra platanales silvestres. Calmé el hambre olvidada por la caminata. Nunca había percibido la intensidad del canto de los insectos y las aves con esa sensación nueva de libertad: Volví de nuevo en mí y continué con la marcha. Tenía tres días sin dormir; y me balanceaba sobre mis piernas con el miedo constante de despertar capturado por los esclavistas.
Ya no me molestaban as heridas de los latigazos, pero el dolor, lo sentía en el alma. En un momento, parecía estar soñando y en realidad corría como sonámbulo.
Llegó un momento en el cual no sentía mis piernas, ni mis manos: casi ni respiraba. Entonces, me pareció que fui tomado por dioses azules que me halaron por los hombros y me depositaron en lo alto de bosque.
Cuando abrí los ojos, ya era de día. Desperté rodeado de un círculo de negros cimarrones. Me puse a llorar sin poder controlar la humedad en mis ojos y no pude disfrutar de vuelo de una bandada de pericos y azulejos, que surcaron el cielo

Boves, El Blanco.

Boves, El Blanco.
Sentía el sacrificio humano flotando en el aire llanero. Casas de bahareque se ven en la lejanía con sus paredes bailando bajo el sol. También sobresale una hilera de almendros en busca del poblado, pero a mi frente se observaba el campo abierto con dos ejércitos en contienda. Vencer o morir, esa era la filosofía. Mi corazón palpitaba, desbocado; las manos me sudaban a torrentes, entonces, mojo las riendas sin querer y el caballo percibe mi angustia. Mis pies descalzos se aferraban en los estribos. Soy un zambo obediente ante mi General, sin camisa ni sombrero y a la diestra tengo mi lanza, sujetada con fuerza, como si fuera un tercer brazo.
Las mejores lanzas estaban en la 2da fila del batallón y entre ellas la mía, que buscaba suficiente gloria para un “pata en el suelo”. La orden estaba dada: El General Boves era el blanco y le observábamos montado sobre su brioso caballo negro; un andaluz altivo, pelirrojo, era el terror del llano comandando sobre ese hermoso caballo negro como la noche.
De repente, retumbó una explosión de fusiles a mi izquierda y todos vamos al frente buscando al enemigo con gritos incontenibles de guerra, con mucho ánimo y entusiasmo. Al instante, nos responden y vienen de frente al contraataque, entonces chocan los ejércitos derramando sangre, en medio del fuego cruzado. Yo me encomiendo, rezo todo lo que me sé, en pensamiento y “…que Dios me agarre confesado.” La suerte estaba echada. Salto animales caídos, percibo rostros ensangrentados, galopo con fuerza hasta encontrar el camino despejado. No estoy solo. Cinco jinetes más van conmigo a paso veloz, como seis rayos.
Como cosas de destino, conseguimos al pelirrojo con el brazo alzado y el cabello revuelto, entonces, movió su espada, pero en segundos todo había terminado: “de seis lanzazos lo cruzamos, con seis oraciones lo crucificamos.” Casi no lo podía creer. Mis compañeros se quedaron parados frente al difunto. “Yo seguí galopando, sin parar en busca de galerones y fulías, pero todo estaba desierto.” Tan solo conseguí unas cuantas viejas rezanderas y un calor insoportable. Pero , chivo que se devuelve se desnuca y yo continué galopando por el llano, hasta caer la noche.

Estaba muerto

Estaba muerto
Esa noche no pude conciliar el sueño. Las ideas se batían en duelo en mi mente como un martirio proveniente de las alturas, pensaba en mis hijos, en mi compromiso político, pensaba en lo que no hice…
Di innumerables vueltas en el catre inmundo. Sudé a raudales incontenibles, sin poder controlar ni serenar mi cuerpo, ni mi respiración.
En todo momento quise mantener la hidalguía y la hombría propia de mi historia de vida y un vértigo estremecedor vapuleaba mis intestinos; temblandome las piernas como si tuviese una fiebre tropical.
A ratos, me parecía que la vida es injusta; a ratos negaba mi fe, a ratos mandaba todo al infierno, odiaba a la autoridad y a los subordinados como un adolescente perdido en sus complejos y a veces lloraba como un niño ante una desesperación que me salía del pecho.
Me incorporé buscando oxígeno para refrescar mis pensamientos y calmar el dolor en un cerebro agotado por las angustias. Entonces, busqué la ventanilla y mis manos sintieron el frío oxido de las cabillas centenarias. El azul intenso de la madrugada se estaba perdiendo y el sol aparecía tímidamente en algún lugar.
Me vino a buscar una comisión de cuatro guardias: dos adelante y dos atrás, entonces, me escoltaron hasta al patio, donde otro grupo de soldados en actitud marcial, mantenían sus armas en descanso. Amarraron mis manos y me apoyaron delante del paredón. Cuando subieron sus fusiles a la voz de “apunten”, ya me había despedido de este mundo.

La vieja bruja

La vieja bruja
Estuvimos varios minutos con una vela en la mano gastándola sobre una tabla lisa de madera. Con fuerza la frotábamos sobre su superficie para luego montarnos en ella y rodar por la pendiente como si fuera una tabla de surf sobre las olas.
Mientras realizábamos la faena de preparar las tablas, todos los niños conversábamos de muchas cosas. Ese día me enteré de la existencia de a vieja bruja. Ella vivía en la parte alta de una casa y seguramente la entrada de la misma era por la otra calle, porque nunca le veíamos caminando por nuestra vereda. Sin embargo, estoy seguro que nos conocía a todos, porque la vieja bruja no se despegaba de su ventana y parecía que llevaba un control de los pájaros que volaban; del tamaño de los árboles y de cuántos niños pertenecían al grupo.
Yo la miraba de reojo y detallaba su pañueleta roja sobre su pelo blanco y largo, mientras movía su quijada permanentemente como si estuviese mascando chicle. Creo que no tenía dientes. También observamos en su techo decenas de palomas, que ella alimentaba tirando semillas de maíz y, granos de arroz, pan picado y hasta lentejas, según me contaba Raúlito González, el hijo del mecánico, quien vivía a dos casas de la mía y que su mamá era peluquera.
La vieja bruja abría su ventana tempranito en la mañana y antes de caer la noche , la cerraba.
Mis amigos decían que la habían visto volando en una escoba, pero de noche, cuando menos uno lo esperaba. Los más valientes le tiraban piedras sobre el techo de cinc, para retar su ira, su enojo y oírle maldecir a lo lejos con palabras muy feas como si estuviese lanzando un hechizo.
Yo era el más pequeño del grupo y me limitaba a espiar su casa a primeras horas de la noche y nunca la vi volar en su escoba y recuerdo claramente, que cuando yo pasaba frente a su casa, lo hacía corriendo , sin mirar y si ella estaba allí, nunca le miraba a los ojos, por temor a que me convirtiera en paloma y me dejara encantado, convertido en palomita bailando eternamente sobre su techo en una danza interminable.

Correcaminos

Correcaminos
Venía corriendo los suelos de la patria desde Maracaibo. Mi General me había encomendado la misión sagrada de entregar el correo a costa de mi propia vida. Los sobres que contenían las cartas ardían en mi pecho; llegué a pensar que tenían palabras de fuego. A veces sentía como si la correspondencia palpitaba, como si de algún lado respiraba, como si tuviesen vida propia.
Efectivamente-llegué a contar más tarde- , no paré en mi andar de correcaminos; bordeando los ríos, subiendo montes, atravesando páramos y corriendo entre valles y llanuras, evitando encontrarme con el enemigo, para entregar la información lo más pronto posible.
Horas y horas bajo la luz inclemente del sol. Les digo que mi rostro ardía y evitaba siquiera rozarlo; los ojos también me ardían, mis labios estaban resecos y mi pecho era un témpano caliente, que amenazaba con convertirse en llamas.
La bestia que me transportaba estaba a punto de reventar, pues sudaba calores y su corazón se desbocaba; sus cuatro patas eran mías, sus ojos eran míos: yo sentía su entrega y sumisión.
Llegó la noche y los dos continuamos atravesando tierras como una sombra. El sol empezaba a despertar, cuando en la lejanía divisamos el objetivo. Conseguimos la entrada del destacamento, justo con el toque de diana. Entonces, un soldado nos condujo ante el comandante en jefe que reposaba en su hamaca, le entregamos los sobres y nos desplomamos en el suelo mi caballo y yo, muertos de sed, con hambre, con la lengua afuera, pensando en el regreso…

Ebrio, en la ciudad

Ebrio, en la ciudad
La noche había sido larga. No hubo conciencia del transcurrir del tiempo. Compartí con un grupo de amigos y compañeros de trabajo un viernes por la noche; conversamos de todo, de lo bueno y lo profano, hablamos de asuntos triviales, hablamos de asuntos de trabajo. Hasta un compañero estuvo filosofando profundamente y nos entretuvo sobre las tareas intrascendentes para vivir o morir. Alguien habló sobre las tareas necesarias para lograr la sobre vivencia contra el hambre y la pobreza. Hablamos mientras catábamos el líquido embriagante hasta disertar sobre el clásico ser o no ser, hasta perdernos en la controversia entre lo dialéctico y lo estático.
Cuando vimos el reloj, nos sorprendimos porque el tiempo había corrido haciéndonos trampa y era muy tarde. Entonces, nos levantamos sorprendidos de poder mantenernos de pie.
Me fui a casa y llegué sin novedad, pero estuve varios minutos tratando de entrar a mi casa. No lograba hacer girar el mecanismo de la cerradura y hasta llegué a pensar que mi mujer había cambiado el mecanismo. Estaba que expulsaba sapos y culebras de la calentura que hervía en mi cabeza.
Escupí insultos y maldije mi ebriedad. Incluso, me cansé de estar parado en aquella situación. Agudicé mis sentidos en un esfuerzo doloroso, casi sobrehumano y descubrí para mi vergüenza que estaba intentando entrar en la casa de mi vecino. Si señor, estaba en la puerta equivocada, pero gracias a Dios, nadie me vio.

Pum, pum , se escuchan dos balazos

Pum, pum , se escuchan dos balazos
Pum, pum , se escuchan dos balazos , entonces se ve a un ladrón corriendo con la cartera de la víctima , mientras deja detrás a un hombre desangrándose…Casi muerto. Los transeúntes ven al hombre tirado y no hacen nada, parece que perciben que se va a morir y prefieren esperar a la morgue.
Pum, pum, pum una señora se agarra los cabellos, mientras grita que le habían robado su bolsa de comida. ¡Qué impotencia Dios mío!- dijo la señora-. En la bolsa llevaba 4 Kg. de harina de maíz, medio kilo de café y un kg. de pasta…Había durado tres horas haciendo cola. “Solo le doy gracias a Dios, que no me robaron la bolsa con el pollo, la carne el atún y el queso. “!Gracias Dios mío!”-exclamó la señora-.
Pum, pum, pum, pum sonaron cuatro balazos en el barrio y le robaron la moto al hijo de la señora Mercedes. Solo tenía 19 años y no vivirá para contarlo… Ni siquiera le dijeron “dame la moto, chamo”. La madre lloró ante el cuerpo de su hijo. “Menos mal que me quedan tres muchachos y dos hembras, menos mal”
Pum, pum, pum, pum, pum, llega una moto con dos tipos con pinta de escapados de un retén, entonces le cayeron por detrás a dos policías, que hacían un patrullaje en bicicleta y los acribillaron. Les roban el armamento. Cae una funcionaria muerta en el acto y su compañero se salva porque Dios es muy grande…”Hoy tuve mucha suerte”-dijo el policía sobreviviente-

La sartén de mi comadre Petra María

La sartén de mi comadre Petra María
…Yo sabía que mi comadre Petra María tenía un carácter muy agresivo, cuando sus emociones se volvían incontrolables. Ella es una mujer muy guapa, una negra de esas que todo lo tiene en su sitio y parece un sargento de esos que tiene a raya a la tropa, sin mucho esfuerzo. También, mi bella comadre es buena cocinando y moviendo las sartenes es una estrella. Entonces, yo le aconsejaba a mi compadre-su marido- que tuviera mucho cuidado con la negra, porque cada vez que llegaba tomado y tarde , aparecía la negra amenazándole con una sartén y asegurándole “…que un día de estos, le iba a dar una buena tunda”. Efectivamente, ese día llegó-quizás de tanto avisarlo-, entonces, mientras el compadre llegaba más prendido que fogón para las arepas, y no había terminado de ponerse las chancletas, se encontró con mi comadre más furiosa que una gata recién parida y con la sartén en la mano derecha moviéndose como si fuera el mismo “Zorro” con su espada en la mano y su sonrisa de sobrado. Entonces, la negra le lanzó dos sartenazos que el pobre hombre pudo esquivar en medio de su borrachera, pero al tercer espadazo -digo, sartenazo-, la negra fue más certera en la dirección del instrumento de cocina, que iba derechito hacia el rostro del compadre, quién en el último instante, logró levantar el brazo en una respuesta de protección instintiva, pudiendo rechazar el feroz sartenazo, pero no pudo evitar la fractura. Si señor, así pasó la cosa y tuvo que pasar unas horas en el centro médico, entre calmantes y sueros después que lo enyesaron, pero gracias a los mimos de su hija, su moral quedó intacta.

La bola de fuego

La bola de fuego

Salimos del pueblo de El Tocuyo, cada quien montado en su burro y dos animales adicionales que iban cargados de provisiones y mercaderías. No íbamos en silencio y pocas veces viajábamos de noche, por temor al Barrabás  del camino: Ustedes saben, esos ladrones agazapados que esperan la oportunidad de ejecutar un asalto en un sitio difícil.
La luz de la luna alumbraba claramente el sendero y todo estaba en calma y tranquilo.

 Pasada la medianoche, cansados de montar, decidimos caminar para estirar las piernas y darle descanso a los burritos, cuando vimos en la lejanía una bola de fuego que parecía un cometa volando a ras del suelo a inmensa velocidad.

Nos quedamos atónitos con la quijada en el suelo. Inicialmente, esa bola, parecía un astro caído del cielo. Parecía una llamarada de dragón. Pero, no era un fenómeno de la naturaleza, ni un ataque bélico desconocido, porque escuchábamos voces maldiciendo, risas  escapadas del mismo infierno, que hacían que la orina corriera sin control. Nos tiramos a la tierra y nos encomendamos a Dios. Entonces los animales huyeron al campo abierto y la candela se acercaba cada vez más como si fuera un sacrificio infiel, diabólico.
Levantamos la cabeza y nuestras miradas buscaron una carreta parada al frente, con un hedor muy pestilente, chorreada de sangre, con intestinos colgados, cabezas cortadas de blancos, negros e indios. Entonces, se escuchó una risa retumbante de un hombre y pude recordar inmediatamente las historias que me contaba mi abuelo del tirano Aguirre que siempre andaba en pena por esos llanos…Invoqué a la virgen, me entregué de corazón al Dios todopoderoso, pero como quería vivir me llené de valor y me fui corriendo sin mirar para atrás. Más nunca supe de los amigos, tampoco de los burros y tampoco salgo de noche por esos caminos…

miércoles, 1 de abril de 2015

EL POBRE HOMBRE

-Llévenselo, llévenselo-gritaba el funcionario a los otros que cubrían sus rostros con pasamontañas negros  y protegían su pecho con chalecos antibalas, mientras balanceaban sus pistolas 9mm de fabricación rusa-.

Las mujeres gritaban con mucha valentía que le dejaran tranquilo, que él no había hecho nada, que era un buen hombre de su casa, buen hijo, buen marido, buen padre y no se metía en política y menos contra el gobierno.

Pero, el hombre seguía contra la pared, sudando a raudales y pidiendo que le enseñaran la orden de cateo y de aprehensión que no aparecía por ningún lado.

-Deja de hablar tonterías-le respondía el funcionario con cara de militante político de la revolución- camina o te hacemos caminar-le dijo-
-¿Pero quién me acusa de golpista? -Preguntaba el hombre con una voz preñada de impotencia-
Un patriota cooperante-le dijo el funcionario-
Entonces , al pobre hombre lo sacaron de su casa tan rápidamente que ni siquiera puso los pies sobre el piso y cuando se dio cuenta , ya estaba en un calabozo de la policía política y comenzó a temer por su vida, como en los tiempos de Federico García Lorca.

martes, 31 de marzo de 2015

La muerte de Fucho


La muerte de Fucho

Cuando nos enteramos que habían  asesinado al compadre Fucho, todos corrimos a buscar a su viuda y darle el pésame de rigor, sin tener la menor idea que tendríamos tantos problemas para darle cristiana sepultura: fue una experiencia difícil de creer para aquel paisano que no viva nuestra realidad, como mi hermano Carlos que tiene más de 30 años fuera de Venezuela.

La tragedia comenzó el día miércoles, cuando cuatro facinerosos le dieron la voz de “quieto”, entonces le robaron su bella gorra de los yanquis y su celular de última generación, no sin antes meterle dos tiros en la despedida accidentada, que hicieron los mal vivientes en su huída.

El pobre hombre quedó sin vida en el pavimento. No pudimos hacer nada por él y allí llevaba dos horas mientras llegaba el forense. Me daba mucha pena mi compadre allí tirado, entonces opté por llevarlo al hospital e ingresarlo sin vida para alcanzar un respeto por sus restos y fue una buena decisión porque luego me enteré que la gente de la morgue no llegó nunca a recogerlo.

 Después de varias horas en la cava del hospital, sus restos fueron enviados a la morgue para el examen patológico y criminalístico y eso fue un verdadero calvario, pues había carencia de patólogos y muchos infortunados esperando atención post morten, razón por la cual nos encontramos en medio de la noche del sábado, esperando que nos entregaran el cadáver del malogrado Fucho, cosa que sucedió el domingo en la mañana.

Hicimos una vaca para juntar una plata y adquirir los servicios de una funeraria que queda cerca de la casa de Fucho, cuyo pote legó a los 50 mil bolívares, sin embargo el servicio fue un verdadero drama porque no se conseguía formol y hasta el ataúd fue un vía crucis conseguirlo, porque había una seria escasez .

“Yo no le deseo a nadie que muera inesperadamente. Lo mejor en estos tiempos que estamos viviendo es que todo se de en forma pausada y de la oportunidad de conseguir todas las cosas necesarias, para un entierro decente”: Eso le dije a mi hermano Carlos.

martes, 10 de febrero de 2015

La enamoradiza de Linda Guareguá

La enamoradiza de Linda Guareguá

Cuando a penas cumplió los diez y seis años, la bella Linda Guareguá se perdió de su casa un viernes en la mañana, dejando a su madre hundida en uno de los momentos más angustiantes de su vida, sin saber qué le había pasado, dónde estaba y con quién.

Su madre la buscó por todas partes, visitó familiares, amigas del liceo y caminó mucha avenida, calle y plaza buscando a la Linda Guareguá, quien se había enamorado de alguien y un día se fue con el hombre, sin si quiera llevarse un trapito y despedirse de su mamá.

Pasaron meses sin ver a la muchacha, aunque algunas amistades visitaban a su madre y le decían, “…la vi por tal lado, me la encontré en la plaza Bolívar y creo que está en estado y viviendo por Naiguatá”. Así pasaron sus lunas, hasta que un día apareció la muchacha llevando de la mano a un muchachito igualito a ella, con los ojos grandotes y pícaros, como perrito “sabiondo” lamiendo chocolate en una perola descuidada.

Su madre la casó con el hombre a palo y con verbo fuerte, pero al tiempo, la Linda Guareguá se enamoró de otro y como si fuera una obra de teatro con repetición de escena; se perdió nuevamente por un tiempo, dejando al marido entendiendo, apareciéndose luego, con otra barriga, que también cuidó su mamá.

Así se fue yendo la vida, y les digo que a la  madre se le pintó la cabellera con ríos de plata; siendo abuela de ocho muchachos que parió la Linda Guareguá , que a sus cuarenta años sigue diciendo “que a ella no le quitan lo bailao, porque está enamorá…”

“Lo hice por amor, Marcano”

“Lo hice por amor, Marcano”

El señor Justo M arcano llegó al barrio después que formalizó sus amores con la mujer más bella y codiciada en diez cuadras a la redonda, o sea de la china Camacho.

La china era muy codiciada, porque realmente era guapa, con su cabellera larga de color azabache, sus largas pestañas naturales, sus ojos achinados por supuesto, que le valió el remoquete de “la china” desde el día que nació; su piel hermosa de color cobre y sus ojos marrones que a veces parecían verdes, con su boquita bonita como apurruñadita para dar un beso y su carácter tan tierno que solo atraía cariño de mujeres y hombres que eran sus amigos por siempre.

            A Marcano no lo conocía nadie, pues ella le conoció en su trabajo donde eran compañeros desde hacía como tres años. Pero cuando se mudaron a una casita que queda en la calle principal, todos le conocimos y entonces, fue parte del grupo sin ningún problema.

El hombre siempre decía que adoraba a su mujer, que era todo para él y entonces, le llevaba flores, le cantaba poemas de amor como si fuera un juglar de la edad de oro de la poesía española, pero cuando tenían cualquier problema de esos que no faltan en ninguna relación, el señor Marcano se emborrachaba y se aparecía con un mariachi cantándole canciones de despecho y más borracho que un barril de brandy.

Después que tenían como tres años de convivencia, empezamos a conocer  quién era el señor Marcano. Era un tipo difícil, celoso y complicado que de vez en cuando le daba sus golpizas a la pobre china, y en el tiempo que todos aconsejábamos a la china para que lo dejara, el señor Marcano se puso mas agresivo y en medio de un bolero y tomando más que Pedro Infante en una película de despecho, el señor Marcano le cortó la yugular a la pobre china y se voló la cabeza de un tiro, dejando tan solo una notita sobre la mesita de noche que decía “…lo hice por amor, Marcano”

El amor de María Corobo

El amor de María Corobo

El dia que se murió la abuela María Corobo, yo no me sorprendí para nada e incluso debo decir que ya lo esperaba.
Pocos meses atrás se había muerto su marido, con quien vivió más de cincuenta años y había sido el amor de su vida, hasta el día que se marchó después de apretarle la mano y darle un besito de amor eterno.
Sus hijas y nietos le rodeaban desde entonces, para alegrarle la vida y darle todo el amor posible, pero la abuela María Corobo tenía una tristeza muy grande por la muerte de su viejo. Un día me la encontré frente a su apartamento y ella misma me lo dijo: “Extraño mucho a mi viejo y no creo que pueda seguir viviendo sin él”.
Recuerdo que le dije –como siempre sucede en casos similares-“…que la vida sigue; que debe darle paso a los deseos de Dios, que debe seguir viviendo, que…”  Pero, los ojos de María Corobo se ponían más chiquitos, se enrojecían y su voz apenas salía de sus labios para llorar la muerte de su marido.
El día que se murió María Corobo, un vecino me preguntó “¿De qué murió María Corobo?” Yo me quedé pensando como buscando una respuesta en el aire, como tratando de interpretar el asunto y entonces le dije: “…La vieja María Corobo murió de tristeza ante el amor ausente, la vieja María Corobo se marchó  a buscar el amor de su vida…como lo hace una paloma que solo se enamora una vez y que cuando se le muere su pareja, abre sus alas y se va volando sin regresar más nunca, como si el viento la llevara al infinito.”_

lunes, 9 de febrero de 2015

Luís Alfredo Rapozo presentó su primer libro de cuentos titulado “Echando Cuentos”.

Luís Alfredo Rapozo presentó su primer libro de cuentos titulado “Echando Cuentos”.

El pasado viernes 6 de febrero de 2015



En un colorido acto en la sede de la Biblioteca Nacional en la Avenida Panteón     de Caracas, el cuentista y cronista Luís Alfredo Rapozo, presentó su nuevo proyecto “Echando Cuentos”. Al acto asistieron compañeros del autor, quienes fueron sus condiscípulos en la Escuela de Sociología de la UCV. También asistieron miembros de la Sociedad de Escritores de Anzoátegui, representados por Nemesio Paraqueima y Estelita Guarapana.

Después de bautizar el libro tomó la palabra el poeta Honorio Guatamare quien dijo: “… “Echando cuentos” es una recopilación de algunos cuentos breves que Rapozo ha publicado en varios medios, como en el diario Ultimas Noticias, El Tiempo de Puerto La Cruz, Reportero24, El Republicano Liberal y Llanero Digital. En estos tiempos modernos, la mayoría de sus cuentos breves se consiguen en la WEB…
         Yo digo, que es sabroso acostarse bajo la luz de una lámpara y leer poco a poco estos cuentos y hasta sentado, cuando se viaja en el metro, para no darle el puesto a una vieja fea, sin dientes y que apoye al régimen.”


            Posteriormente e escritor anzoatiguénse Nemesio Paraqueima dijo “… que estos escritos son un escape de las crónicas políticas y sociales que hace Rapozo con cierta regularidad en el diario El Tiempo de Puerto la Cruz y que bien merecen una recopilación aparte, pero el material que se presenta en estas páginas nos deja un oxígeno fresco para ver la realidad, con otra mirada y para recrearnos en una atmósfera extraña de lo real, escondida detrás de cierta magia inevitable, que nos rodea a todos…”

            Luego, se obsequiaron varios ejemplares de “Echando Cuentos” y el público asistente tomó la palabra en una amena tertulia, leyendo varios cuentos breves
   que fueron la alegría de la tarde. Rapozo se despidió diciendo que “…espero que vengan otros libros que tengo a punto y si no se acaba el mundo, me parece que los bautizaremos también a corto plazo”

lunes, 15 de diciembre de 2014

La cena de noche buena

La cena de noche buena
LUIS ALFREDO RAPOZO

Faltaban pocos días para la noche buena y entonces en esos momentos que uno se detiene a pensar sobre la fecha y acordarse de la familia , me vino a la mente el cuadro familiar de mi compadre Faustino Nuñez  y de sus tres hijos quienes son mis ahijados con carácter de exclusividad.

Con Faustino me une una hermosa amistad que se remonta a los tiempos de cuando nuestros padres, paisanos de origen  canario, llegaron jovencitos a esta tierra en la década de los cincuenta. Lo cierto es que decidí visitarles para hacerles llegar mis mejores deseos navideños y un prospero año  entrante, todo ello en medio de un ambiente tradicional donde pareciera que el tiempo no alcanzaba para todas las actividades que hay en casa. Ustedes saben, comprar la comida, arreglar esto y aquello, atender a los niños y todo eso...

En casa de Faustino me encontré con un decaimiento terrible. No había ambiente navideño por ningún lado y todos estaban alejados del espíritu navideño, que siempre encontraba dónde el compadre.

“Hay que levantar ese ánimo familia -les dije-, vamos a sacar los adornos, desempolven el viejo arbolito de navidad; limpiemos la casa, botemos los cachivaches y demos gracias a Dios, que estamos vivos y sanos”.

Yo entiendo y es evidente, que la situación económica que se vive actualmente en Venezuela no es la mejor, pero debemos tener el espíritu navideño  en alto. Ya vendrán tiempos mejores.  “-Si padrino, pero es que este año, ha mermado todo de una manera atroz”-me contestó el más grande de los ahijados- . “Los zapatos están muy caros, la ropa ni se diga, al punto que hemos optado por no cumplir con el tradicional el estreno, debido a los altos precios de los artículos”

-Yo eso lo entiendo, querida familia-les dije-, y es que no recuerdo haber vivido una situación como esta, tan menguada desde hace muchas décadas. Mientras tanto-les dije-, vivamos con alegría nuestras tradiciones, lo mejor que podamos. No importa que en noche buena, no tengamos zapatos nuevos, ni pantalones nuevos, ni camisas de estreno-. Lo importante, es que nos comamos las verdes de este año, pero unidos y con aspiraciones a que esta mala situación  cambie en los años venideros y logremos encontrar el camino de la producción, la estabilidad, el crecimiento, la abundancia, el progreso, las oportunidades, respeto a los derechos humanos y a la condición humana y política.

Como les decía-apreciados lectores-, ese día lo pasé con mis amigos, escuchamos gaitas, tomamos vino, preparé un hervido familiar de pollo y sacamos del closet el viejo arbolito para instalarlo en la sala, mientras nos poníamos de acuerdo para la cena de noche buena.

Cuando me fui a casa, dejé a mis ahijados contentos con su “aguinaldito”, a mi comadre haciendo su lista para la cena y a mi compadre Faustino embriagado de vino. Entonces, pensé que cuando vaya a la cena de noche buena en casa de mis compadres y ahijados, les llevaré un pequeño pesebre con un lindo niño, si señor.

viernes, 7 de noviembre de 2014

La cocinita

Cuando llegué a la Av. Los Próceres ya había tanta gente que uno inmediatamente pensaba que no habría tantas lavadoras, neveras y cocinas para satisfacer las necesidades de tanta gente. A penas eran las dos de la mañana y el operativo montando por el gobierno para vender peroles chinos tenía dos días haciendo cola y la gente estaba pasando mucho trabajo para comprar un coroto. ¿Cuánto se puede vender en un día? –me preguntaba, entonces llegué a la conclusión que era muy difícil adquirir una cocinita en Venezuela y que esto era un verdadero despelote-.

A las ocho de la mañana no cabía más gente en la avenida; había un tráfico  insoportable y ya la autopista y avenidas de El Valle, Nueva Granada y Santa Mónica estaban colapsadas.

El trasnocho me estaba pegando y me sentía como si hubiese pasado la madrugada en el Hospital Vargas para adquirir un número y me pudiera atender el homeópata. Pero, decidí no tirar la toalla y aguantar hasta el final para comprar una cocinita como si fuera un reto personal y entonces como a las doce del mediodía un militar con cara de perro rabioso dijo “que se había suspendido el operativo porque no podían controlar la demanda del servicio”, pero fue sincero cuando dijo “que prepararían mejor el asunto para reactivar el operativo”. Sin embargo, yo había decidido no sufrir más ese calvario y me fui caminando a casa pensando cómo podría comprar una cocinita en Colombia.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Nuestra red social

Nuestra red

Esa semana había ido tres días al supermercado, por cosas del azar, no era mi costumbre estar dando vueltas entre los pasillos del establecimiento. Entonces, durante esos días coincidí con varias amas de casa. Al principio ni pendiente, pero al segundo día ya nos saludamos e incluso comentábamos algunas cosas vinculadas a los productos que no se conseguían. Entonces, nos sentamos a tomar café dentro del mismo supermercado y entablamos una amistad de compradores de víveres muy extraña. Luego, al tercer día  coincidimos nuevamente y de tres personas compradoras amigas, pasamos a ser siete, luego ocho, hasta ahora que somos como quince, convirtiéndose en una verdadera guachafita , que nos permite estar datados de dónde se consiguen los escasos productos, usando el celular y transmitiendo mensajes de texto como en un programa de radio.

Con este hermoso grupo, he establecido una estupenda red social que me ha permitido salir todos los días y conseguir los productos, emulando la propaganda aquella que dice: “…que a lo que la primera se le pasa, la segunda lo repasa”. Desde entonces, consigo los víveres en un alto porcentaje, aunque caminando mucho con mis amigos de aquí para allá y de allá para acá. Es cuestión de usar unos buenos zapatos deportivos, ropa cómoda y tener muy bien carácter y mucha paciencia.

-Naturalmente-les digo a ustedes-, no hay garantía de nada. Todo es cuestión de suerte, pero si les aseguro que cada día la cosa es más difícil y la plata rinde menos.