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sábado, 25 de abril de 2015

“Señorita, por favor sírvame un güisqui”

“Señorita, por favor sírvame un güisqui”
Tan solo llevaba un bolso de mano. Salí de casa apurado con un baño de vaquero a cuestas, como si me hubiese dado un chapuzón a orillas de un manantial. No tenía que perder tiempo y entonces recordaba esas películas americanas donde siempre hay un personaje corriendo para todas partes en avión como si fuera a un centro comercial de compras. Mis documentos estaban al día, eso era lo importante; también llevaba unos cuantos dólares en el bolsillo, tarjetas de crédito, tarjetas de débito, la llave de mi apartamento en Miami, todo lo demás aguardaba por mi en esas tierras, incluso la suegra. Me sentía eufórico, aventurero, arriesgado como “el fugitivo” que fue un célebre personaje de una serie de televisión y que duró muchos años entreteniendo a la gente.

Siempre dudé en verme es esta penosa situación de salir corriendo de mi país por temor a la justicia, pero yo sabía en lo que me estaba metiendo y sinceramente, mis cuentas estaban tan gordas que daba vergüenza seguir engordándolas como si fuera una vaca eterna.

Naturalmente, me daba mucha vergüenza; mucha pena estar viviendo esta situación tan desagradable y nada elegante: un tipo como yo, profesional, estudiado dentro y fuera de Venezuela, casado con una bella mujer, exitoso, con buenas relaciones dentro del partido, con todas las comodidades en una ciudad tan difícil como Caracas, pero si no metía mano era un estúpido, porque el menos pintado tenía la vida resuelta.

Entonces, abordé el avión sin inconvenientes de ninguna índole y comencé a relajarme. Me puse a leer la prensa, miré por la ventana y solo se veía el mar intenso, agua y más agua: Allí fue cuando le dije a la azafata “Señorita, por favor sírvame un güisqui”

Llévenselo, llévenselo

-Llévenselo, llévenselo-gritaba el funcionario a los otros que cubrían sus rostros con pasamontañas negros y protegían su pecho con chalecos antibalas, mientras balanceaban sus pistolas 9mm de fabricación rusa-.
Las mujeres gritaban con mucha valentía que le dejaran tranquilo, que él no había hecho nada, que era un buen hombre de su casa, buen hijo, buen marido, buen padre y no se metía en política y menos contra el gobierno.
Pero, el hombre seguía contra la pared, sudando a raudales y pidiendo que le enseñaran la orden de cateo y de aprehensión que no aparecía por ningún lado.
-Deja de hablar tonterías-le respondía el funcionario con cara de militante político de la revolución- camina o te hacemos caminar-le dijo-
-¿Pero quién me acusa de golpista? -Preguntaba el hombre con una voz preñada de impotencia-
Un patriota cooperante-le dijo el funcionario-
Entonces , al pobre hombre lo sacaron de su casa tan rápidamente que ni siquiera puso los pies sobre el piso y cuando se dio cuenta , ya estaba en un calabozo de la policía política y comenzó a temer por su vida, como en los tiempos de Federico García Lorca.

Negro Cimarrón

Negro Cimarrón
Corría desesperadamente, saltaba riachuelos sorpresivos que bajaban furtivos desde la montaña. Los arbustos se perdían a mis espadas, mientras ascendía en la tierra desconocida: entré en una especie de santuario, sin pagar tributo.
Deseaba terminar lo más pronto posible con el escape de la esclavitud y conseguirme en algún lugar con negros que habían huido de la opresión. Abajo, a lo lejos, se escuchaban voces ocasionales y ladridos permanentes de bestias intransigentes.
Mis pies descalzos eran ingobernables, parecían independientes de mi corazón y de mi pensamiento. Me convertí en viento, soplando paso a paso; arrastrando la tierra negra, generosa, materna y afectuosa, que recibía el peso de mi cuerpo.
Descansé brevemente entra platanales silvestres. Calmé el hambre olvidada por la caminata. Nunca había percibido la intensidad del canto de los insectos y las aves con esa sensación nueva de libertad: Volví de nuevo en mí y continué con la marcha. Tenía tres días sin dormir; y me balanceaba sobre mis piernas con el miedo constante de despertar capturado por los esclavistas.
Ya no me molestaban as heridas de los latigazos, pero el dolor, lo sentía en el alma. En un momento, parecía estar soñando y en realidad corría como sonámbulo.
Llegó un momento en el cual no sentía mis piernas, ni mis manos: casi ni respiraba. Entonces, me pareció que fui tomado por dioses azules que me halaron por los hombros y me depositaron en lo alto de bosque.
Cuando abrí los ojos, ya era de día. Desperté rodeado de un círculo de negros cimarrones. Me puse a llorar sin poder controlar la humedad en mis ojos y no pude disfrutar de vuelo de una bandada de pericos y azulejos, que surcaron el cielo

Boves, El Blanco.

Boves, El Blanco.
Sentía el sacrificio humano flotando en el aire llanero. Casas de bahareque se ven en la lejanía con sus paredes bailando bajo el sol. También sobresale una hilera de almendros en busca del poblado, pero a mi frente se observaba el campo abierto con dos ejércitos en contienda. Vencer o morir, esa era la filosofía. Mi corazón palpitaba, desbocado; las manos me sudaban a torrentes, entonces, mojo las riendas sin querer y el caballo percibe mi angustia. Mis pies descalzos se aferraban en los estribos. Soy un zambo obediente ante mi General, sin camisa ni sombrero y a la diestra tengo mi lanza, sujetada con fuerza, como si fuera un tercer brazo.
Las mejores lanzas estaban en la 2da fila del batallón y entre ellas la mía, que buscaba suficiente gloria para un “pata en el suelo”. La orden estaba dada: El General Boves era el blanco y le observábamos montado sobre su brioso caballo negro; un andaluz altivo, pelirrojo, era el terror del llano comandando sobre ese hermoso caballo negro como la noche.
De repente, retumbó una explosión de fusiles a mi izquierda y todos vamos al frente buscando al enemigo con gritos incontenibles de guerra, con mucho ánimo y entusiasmo. Al instante, nos responden y vienen de frente al contraataque, entonces chocan los ejércitos derramando sangre, en medio del fuego cruzado. Yo me encomiendo, rezo todo lo que me sé, en pensamiento y “…que Dios me agarre confesado.” La suerte estaba echada. Salto animales caídos, percibo rostros ensangrentados, galopo con fuerza hasta encontrar el camino despejado. No estoy solo. Cinco jinetes más van conmigo a paso veloz, como seis rayos.
Como cosas de destino, conseguimos al pelirrojo con el brazo alzado y el cabello revuelto, entonces, movió su espada, pero en segundos todo había terminado: “de seis lanzazos lo cruzamos, con seis oraciones lo crucificamos.” Casi no lo podía creer. Mis compañeros se quedaron parados frente al difunto. “Yo seguí galopando, sin parar en busca de galerones y fulías, pero todo estaba desierto.” Tan solo conseguí unas cuantas viejas rezanderas y un calor insoportable. Pero , chivo que se devuelve se desnuca y yo continué galopando por el llano, hasta caer la noche.

Estaba muerto

Estaba muerto
Esa noche no pude conciliar el sueño. Las ideas se batían en duelo en mi mente como un martirio proveniente de las alturas, pensaba en mis hijos, en mi compromiso político, pensaba en lo que no hice…
Di innumerables vueltas en el catre inmundo. Sudé a raudales incontenibles, sin poder controlar ni serenar mi cuerpo, ni mi respiración.
En todo momento quise mantener la hidalguía y la hombría propia de mi historia de vida y un vértigo estremecedor vapuleaba mis intestinos; temblandome las piernas como si tuviese una fiebre tropical.
A ratos, me parecía que la vida es injusta; a ratos negaba mi fe, a ratos mandaba todo al infierno, odiaba a la autoridad y a los subordinados como un adolescente perdido en sus complejos y a veces lloraba como un niño ante una desesperación que me salía del pecho.
Me incorporé buscando oxígeno para refrescar mis pensamientos y calmar el dolor en un cerebro agotado por las angustias. Entonces, busqué la ventanilla y mis manos sintieron el frío oxido de las cabillas centenarias. El azul intenso de la madrugada se estaba perdiendo y el sol aparecía tímidamente en algún lugar.
Me vino a buscar una comisión de cuatro guardias: dos adelante y dos atrás, entonces, me escoltaron hasta al patio, donde otro grupo de soldados en actitud marcial, mantenían sus armas en descanso. Amarraron mis manos y me apoyaron delante del paredón. Cuando subieron sus fusiles a la voz de “apunten”, ya me había despedido de este mundo.

La vieja bruja

La vieja bruja
Estuvimos varios minutos con una vela en la mano gastándola sobre una tabla lisa de madera. Con fuerza la frotábamos sobre su superficie para luego montarnos en ella y rodar por la pendiente como si fuera una tabla de surf sobre las olas.
Mientras realizábamos la faena de preparar las tablas, todos los niños conversábamos de muchas cosas. Ese día me enteré de la existencia de a vieja bruja. Ella vivía en la parte alta de una casa y seguramente la entrada de la misma era por la otra calle, porque nunca le veíamos caminando por nuestra vereda. Sin embargo, estoy seguro que nos conocía a todos, porque la vieja bruja no se despegaba de su ventana y parecía que llevaba un control de los pájaros que volaban; del tamaño de los árboles y de cuántos niños pertenecían al grupo.
Yo la miraba de reojo y detallaba su pañueleta roja sobre su pelo blanco y largo, mientras movía su quijada permanentemente como si estuviese mascando chicle. Creo que no tenía dientes. También observamos en su techo decenas de palomas, que ella alimentaba tirando semillas de maíz y, granos de arroz, pan picado y hasta lentejas, según me contaba Raúlito González, el hijo del mecánico, quien vivía a dos casas de la mía y que su mamá era peluquera.
La vieja bruja abría su ventana tempranito en la mañana y antes de caer la noche , la cerraba.
Mis amigos decían que la habían visto volando en una escoba, pero de noche, cuando menos uno lo esperaba. Los más valientes le tiraban piedras sobre el techo de cinc, para retar su ira, su enojo y oírle maldecir a lo lejos con palabras muy feas como si estuviese lanzando un hechizo.
Yo era el más pequeño del grupo y me limitaba a espiar su casa a primeras horas de la noche y nunca la vi volar en su escoba y recuerdo claramente, que cuando yo pasaba frente a su casa, lo hacía corriendo , sin mirar y si ella estaba allí, nunca le miraba a los ojos, por temor a que me convirtiera en paloma y me dejara encantado, convertido en palomita bailando eternamente sobre su techo en una danza interminable.

Correcaminos

Correcaminos
Venía corriendo los suelos de la patria desde Maracaibo. Mi General me había encomendado la misión sagrada de entregar el correo a costa de mi propia vida. Los sobres que contenían las cartas ardían en mi pecho; llegué a pensar que tenían palabras de fuego. A veces sentía como si la correspondencia palpitaba, como si de algún lado respiraba, como si tuviesen vida propia.
Efectivamente-llegué a contar más tarde- , no paré en mi andar de correcaminos; bordeando los ríos, subiendo montes, atravesando páramos y corriendo entre valles y llanuras, evitando encontrarme con el enemigo, para entregar la información lo más pronto posible.
Horas y horas bajo la luz inclemente del sol. Les digo que mi rostro ardía y evitaba siquiera rozarlo; los ojos también me ardían, mis labios estaban resecos y mi pecho era un témpano caliente, que amenazaba con convertirse en llamas.
La bestia que me transportaba estaba a punto de reventar, pues sudaba calores y su corazón se desbocaba; sus cuatro patas eran mías, sus ojos eran míos: yo sentía su entrega y sumisión.
Llegó la noche y los dos continuamos atravesando tierras como una sombra. El sol empezaba a despertar, cuando en la lejanía divisamos el objetivo. Conseguimos la entrada del destacamento, justo con el toque de diana. Entonces, un soldado nos condujo ante el comandante en jefe que reposaba en su hamaca, le entregamos los sobres y nos desplomamos en el suelo mi caballo y yo, muertos de sed, con hambre, con la lengua afuera, pensando en el regreso…

viernes, 7 de noviembre de 2014

La cocinita

Cuando llegué a la Av. Los Próceres ya había tanta gente que uno inmediatamente pensaba que no habría tantas lavadoras, neveras y cocinas para satisfacer las necesidades de tanta gente. A penas eran las dos de la mañana y el operativo montando por el gobierno para vender peroles chinos tenía dos días haciendo cola y la gente estaba pasando mucho trabajo para comprar un coroto. ¿Cuánto se puede vender en un día? –me preguntaba, entonces llegué a la conclusión que era muy difícil adquirir una cocinita en Venezuela y que esto era un verdadero despelote-.

A las ocho de la mañana no cabía más gente en la avenida; había un tráfico  insoportable y ya la autopista y avenidas de El Valle, Nueva Granada y Santa Mónica estaban colapsadas.

El trasnocho me estaba pegando y me sentía como si hubiese pasado la madrugada en el Hospital Vargas para adquirir un número y me pudiera atender el homeópata. Pero, decidí no tirar la toalla y aguantar hasta el final para comprar una cocinita como si fuera un reto personal y entonces como a las doce del mediodía un militar con cara de perro rabioso dijo “que se había suspendido el operativo porque no podían controlar la demanda del servicio”, pero fue sincero cuando dijo “que prepararían mejor el asunto para reactivar el operativo”. Sin embargo, yo había decidido no sufrir más ese calvario y me fui caminando a casa pensando cómo podría comprar una cocinita en Colombia.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Nuestra red social

Nuestra red

Esa semana había ido tres días al supermercado, por cosas del azar, no era mi costumbre estar dando vueltas entre los pasillos del establecimiento. Entonces, durante esos días coincidí con varias amas de casa. Al principio ni pendiente, pero al segundo día ya nos saludamos e incluso comentábamos algunas cosas vinculadas a los productos que no se conseguían. Entonces, nos sentamos a tomar café dentro del mismo supermercado y entablamos una amistad de compradores de víveres muy extraña. Luego, al tercer día  coincidimos nuevamente y de tres personas compradoras amigas, pasamos a ser siete, luego ocho, hasta ahora que somos como quince, convirtiéndose en una verdadera guachafita , que nos permite estar datados de dónde se consiguen los escasos productos, usando el celular y transmitiendo mensajes de texto como en un programa de radio.

Con este hermoso grupo, he establecido una estupenda red social que me ha permitido salir todos los días y conseguir los productos, emulando la propaganda aquella que dice: “…que a lo que la primera se le pasa, la segunda lo repasa”. Desde entonces, consigo los víveres en un alto porcentaje, aunque caminando mucho con mis amigos de aquí para allá y de allá para acá. Es cuestión de usar unos buenos zapatos deportivos, ropa cómoda y tener muy bien carácter y mucha paciencia.

-Naturalmente-les digo a ustedes-, no hay garantía de nada. Todo es cuestión de suerte, pero si les aseguro que cada día la cosa es más difícil y la plata rinde menos.

jueves, 30 de octubre de 2014

La súper niñera, la película

La súper niñera, la película
La súper niñera, la película
Todo comenzó cuando un avión de PDVSA les estaba dando tremenda “colita” a la suegra de un ministro y a la súper niñera en un vuelo que llegaba al aeropuerto de Sao Paulo. Ustedes se tienen que imaginar la entrada del avioncito surcando los aires brasileros con un fondo musical de samba y mostrando el famoso cristo corcovado en lo alto de la montaña, una cosa muy subliminal. Allí comienza la película, pues, supuestamente andaban disfrutando de las bondades de la revolución bolivariana como si fueran magnates petroleros norteamericanos en viajes de negocios. Pero, al parecer era un vulgar viajecito para asistir a un hospital digno en Brasil y atender a la mujer del súper ministro de un asuntito rutinario de asistencia médica, que no se puede atender en una clínica nacional, ni en un CDI, ni en el hospital clínico o el hospital Vargas, como cualquier cristiano criollo.

Entonces, cuando checan el equipaje a la súper niñera, se consiguen que tiene un armamento sin permiso, sin documentación, etc., convirtiéndola automáticamente en una traficante de armamento o por lo menos en una contrabandista y hasta terrorista -¿Quién sabe?-. De esa manera, le ponen los ganchos y se la llevan directo a una cárcel brasilera para que rinda declaraciones.

Los brasileros, como cosa normal interrogan a la “extraña niñera”: “¿De quem é essa arma? ¿e Pistoia fazendo com isso? ¿Para vir ao Brasil? ¿O trabalho que você faz?”   Y la muchacha responde: “yo no fui, eso no es mío, eso es de mi jefe, yo no se nada”.

Por supuesto, que la policía no entiende la cosa, pues todo se presta a suspicacias y los medios de comunicación brasileros, no están acostumbrados a ver funcionarios del gobierno viajando en vuelos privados, usando aeronaves del estado en asuntos particulares “como Pedro por su casa” y mucho menos pueden ver como algo normal que una niñera tenga su pasaporte con sellos que testifican su paseo por medio mundo, armada y con un cuento chino.
“-Bueno mija -le dijo el funcionario de la embajada, como si fuera un agente de CIPOL-, quédate como “Renny”, que el ministro se está moviendo como un peso pluma.”

domingo, 26 de octubre de 2014

“Albertico”, así se llamaba.


“Albertico”, así se llamaba.
“Todo comenzó porque la señorita Elena-que era hija de una familia con mucha plata, me contaba mi abuelita Pía-, se enamoró de un tipo que era un pájaro bravo; que era un “agarre y huye”, un tipo “picaflor”-tu sabes-  que lo que estaba pendiente era de meterle mano a la muchacha bonita. Entonces, un día la Elena salió preñada en esos amores escondidos. Cuando la bella Elena le dice al hombre su situación, el tipo lo que hace es evadir la cosa y le propone que se deshaga de la criatura y se pierde del mapa para toda la vida. Don Rafael quien era el papá de la muchacha entra al bate y es quien asume el mando del problema, siendo de la idea que abortara, pero la muchacha no quería.”

“…Alli es donde empieza un drama muy angustiante-me contaba la abuela, mientras se fumaba un tabaco manufacturado en Cumaná, que yo le compraba en la bodeguita del señor Juan-,  porque el viejo Rafael la manda con su nana -quien era una negra con su pañoleta de lunas y su falda floreada, tu sabes-, para una casa de campo que tenían no se dónde y allí la escondió hasta que pariera…”
“-Caramba abuela, eso si es una novela interesante, le comenté a la abuela.”
-Súper interesante mijo-me dijo la abuela, mientras se tomaba un cafecito recién colado
y se acomodaba en su mecedora-, pero como tu mamá no quiere que la veas, yo te la iré contado poco a poco y así tu estás enterado de la cosa, ji,ji,ji-se reía la abuela con una complicidad tremenda-.
-¿Y entonces, nació el niñito, abuelita?-le pregunté-
-Si mijo, la Elena tuvo un varoncito, pero eso te lo cuento mañana en detalle, solo te adelanto que el chamito fue criado por la negra y le puso por nombre Albertico…Albertico Limonta.

jueves, 16 de octubre de 2014

La velita en la tumba

La velita en la tumba
El día de los muertos yo no voy sola al cementerio, porque se han visto “aparecidos” en muchas partes. Ese día, parece que los muertos andan revueltos y salen con permiso a visitar gente. En el pueblo hay una ancianita vestida de negro que aparece todos los lunes y los días de los santos inocentes, es una fija, que se le vea caminando a altas horas de la noche por las calles solitarias. Tiene como cien años apareciendo y caminando rápido por esas calles; camina tan rápido, tan rápido, que parece que volara y nadie la alcanza- . Hace como tres años, Chicho Ramírez  y Olguita Borotoche-quienes no creen en pajaritos volando- trataron de perseguirla y se le pegaron atrás como una garrapata, pero la  vieja no se dejaba ver la cara; bajó caminando del barrio “Machado”, que queda del otro lado de la carretera, la persiguieron por la calle principal del pueblo-como a las doce de la noche-, atravesó la plaza Bolívar y siguió al cementerio. Allí entró con desesperación y prendió una velita en una tumba, luego se devolvió sobre sus pisadas, regresando nuevamente al pie de montaña, ante la mirada de piedra de Chicho y Olguita y de repente, la vieja se convirtió en pájaro y se fue volando, dejando un chillido espantoso detrás de ella, que el pobre Chicho se orinó los pantalones y Olguita cayó de largo a largo, como si fuera un coco que cae de lo alto.

Con el canto del gallo

Con el canto del gallo
Yo le tengo mucha devoción a las ánimas, porque siempre me han protegido ante cualquier momento ingrato que me ha tocado vivir. Mi mamá y mi abuelo eran iguales con esa afinidad espiritual y siempre tuvieron demostraciones ante muchos momentos que vivieron en su vida. Siempre le rezaban e iluminaban como algo más que sagrado.
La última vez que viví una experiencia paranormal con las ánimas fue la vez que me quedé accidentado por el pueblo de “El clavo” en el Estado de Miranda. Entonces, se me aparecieron mis bisabuelos en medio de una carretera desierta: en plena madrugada, me ayudaron a empujar el carro, que prendió inmediatamente y de un solo aceleramiento, transité como cien kilómetros sin ver para atrás, hasta llegar a mi casa, justo cuando el gallo cantaba montado en lo alto de un palo.

Yo, me voy para la playa

Yo, me voy para la playa
Por nada del mundo, yo voy al cementerio el día de los muertos. Eso es horrible, pues va mucha gente, entonces todo es más caro. Los taxistas quieren hacer su agosto en las cercanías del cementerio, además que hay que caminar mucho, porque las calles se llenan de mucha gente y eso parece una procesión sin santo. Los muchachitos que buscan el agua para las flores y limpian las tumbas se sienten que son unos especialistas, y creo que cobran más caro que un médico especializado en hacer “las lolas”. Entonces, yo voy al cementerio el viernes en la mañana y “arreglo” a mis muertos ese día. Naturalmente, les rezo y pido por ellos donde quiera que me encuentre, no sin dejarles bien claro que el domingo no iré como hace todo el mundo, para no pasar trabajo y les prometo-cosa que cumplo rigurosamente-,  ponerle su velón desde mi casa y hasta les pongo un vino a mi mamacita y un roncito a mi marido para que la mesa quede bien servida. Y como el muerto va al hueco y el vivo al bollo, ese día… yo, me voy para la playa con mis hijas y mis nietos, me como un arroz con atún y ensalada, que llevo en una cavita y de regreso vengo “sarataca” después de degustar unas tres o cuatro espumosas, mientras pienso lo bella que es la vida, aunque se vaya como un suspiro y a veces, hasta sin aviso.

¿Quién sabe?

¿Quién sabe?
Cuando llega el día de los muertos, o sea el 2 de noviembre, yo me preparo. Entonces, con antelación invierto una plata comprando flores; contrato a mis cuñadas que me ayudan a preparar ramos en una especie de combo. Procuro que el precio sea solidario y de esa manera, ya el sábado, como a las tres de la mañana, estamos preparados para tomar nuestros puestos estratégicos en el cementerio y acomodar las cosas para que la venta se de en armonía. El río de gente que acude el sábado y el domingo, al camposanto es tan grande, que la venta es segura. Este año, también venderé velas, fósforos, misales y sahumerios. Y para que el negocio me quede redondo y todo me salga bien he mandado a hacer nueve misas a las ánimas benditas en la iglesia de mi parroquia. Y es, que el año pasado no me acordé de las ánimas y entonces se me perdió una plata de una manera inexplicable. Por ello, no pienso caer en el mismo hueco dos veces. ¿Quién sabe, si este año, me devuelven la plata que se me perdió el año pasado?
Yo he sabido de ánimas mañosas que andan por allí haciendo juegos a la gente, empezando con la pícara de mi suegra, q.e.p.d. a quien le haré su misa y le llevaré sus flores, bien tempranito… ¿Quién sabe, si así no se me vuelve a perder plata, ni me pasa nada desagradable? “Yo digo que con a suegra hay que tener mucho cuidado, incluso después de muerta”

sábado, 11 de octubre de 2014

Mi cara de ponche , sin tirarle


Mi cara de ponche sin tirarle
Clemente Alcaraván estuvo de viaje como un mes por varios países de Europa aprovechando que la empresa donde trabaja le había mandado en plan de estudio y labores para Alemania. “Lamentablemente -me dice Clemente-viajé con dólar libre porque no pude conseguir las divisas en el sicat, entonces parecía un “mochilero” sin capacidad de compra. Nada que ver de aquellos años gloriosos cuando nuestra moneda pesaba como un kilo”. Entonces, llegué a hoteles baratos-me contaba Clemente-, comí sin nada de exquisiteces, tan solo me compré unos zapatos que usé en todo el viaje y llegué al aeropuerto de Maiquetía con una maleta de ropa sucia, barbudo, con llaveros para regalar a los amigos y unos chocolatitos de obsequio para mi familia y muchos amigos se quedaron con cara de ponche.

Estaba escrito

Estaba escrito

El día que lo mataron, él parecía que presentía su fin -me contaba el señor Carlos que vende periódicos en el quiosco de la esquina-. “El gordo -me contaba el señor Carlos-, estuvo dando vueltas como un perro necesitado de desahogarse y entonces todo sudoroso y agitado caminaba por todos lados repitiendo constantemente “que no lo hicieran; que no se atrevieran a agredirlos, que eran la misma gente, que ellos no se merecían una masacre.” Todos los comerciantes cerraron sus negocios por temor a quedar envueltos en un conflicto, incluyendo al señor Carlos quien cerró su quiosco cuando vio al helicóptero dando vueltas en la zona.

Pero lo que sucedió fue algo terriblemente difícil de parar, como si su destino estuviese escrito en la misma Biblia. Aunque él pensaba que no sucedería nada fatal. Una señora que vivía en el edificio bajó a decirle que se fuera; bajó a decirle que se escondiera, bajó a decirle que marcara las de villa Diego, pero el gordo le dijo que “…no le harían nada, que él confiaba que no pasaría nada…”

Luego, en menos de treinta minutos llegó la policía; un comando apertrechado con mucho armamento, entonces, tomaron el edificio y tan pronto vieron al gordo, accionaron sus armas y le metieron como 40 balazos. Fue algo dantesco, porque el gordo con el primer tiro en la cabeza, ya estaba muerto. Fue el primer hombre que murió ese día como si fuera una película gringa donde nadie queda vivo, salvo unos súper policías que nunca mueren. “Si –me dijo el señor Carlos-, ese día todo estaba escrito y no se pudo cambiar el destino del gordo”.

Mi amiga Vilma

Mi amiga Vilma
Mi amiga Vilma es una mujer muy combativa. Ella se mete en cuanta actividad social hay en su barrio y en cuanto templete se monta para hacer algo, aparece como un súper héroe, que no se pela un llamado de ayuda. A mi me encanta como es Vilma, porque logra muchas cosas; de esa manera, con sus gestiones se desmaleza las áreas verdes, se limpian las calles, se arregla el parque infantil, consigue ayuda para gente necesitada y defiende la actividad cultural como “gato pata arriba.”
El otro día, mi amiga Vilma se fue al cine para ver la película “Libertador” y vino encantada; estuvo hablando que la gente es muy “pichirre”, que prefieren tomarse unas bebidas refrescantes, antes de apoyar al cine nacional. ¡Caramba amiga -le dije- yo voy a ver la película con toda mi familia!
Entonces, saqué cuentas para ver cuánto necesitaba para llevar a mis hijas y mis nietos, pagar entrada, pasaje y chucherías-ustedes saben- y la cuenta era abultada. No tuve otra alternativa que comprar un cd pirata que venden en cualquier “tarantín”, que si bien no se aprecia la película en su máxima expresión, toda mi prole pudo ver en casa “El libertador” para poder opinar con la terrible Vilma, mientras le ofrezco una bebida refrescante con su arepita de chicharrón con queso.

¡Corre abuela, corre!

¡Corre abuela, corre!
¡Abuela, abuela, la señora Evarista le manda a decir que están vendiendo harina de maíz en el supermercado; “que se ponga las pilas, abuela”, para que no se quede contando pajaritos! gritaba mi nieto, mientras me llenaba de una desesperación muy grande, por temor a perder la oportunidad de comprar la harina para las arepas. Entonces, en menos de lo que canta un gallo, me vestí corriendo; me puse unas lycras muy cómodas que tengo, una chemise, unas sandalias y mi pañueleta para ganar tiempo; agarré los reales y salí corriendo como si fuera una competencia de formula uno, porque delante de mi y detrás de mi, iban muchísimas amas de casa, que también habían escuchado el alerta que había mandado la Evarista. Entonces, salí de la calle con la velocidad de un rayo, cruce la avenida  como un bólido pero me estrellé como Pastor Maldonado, porque la harina se había acabado.