jueves, 28 de agosto de 2014

Agua, mucha agua.


Esas vacaciones la pasamos recorriendo el estado Yaracuy, el cual impresionaba por su vivo verdor por los cuatro costados, quizás porque estábamos inmersos en pleno invierno.

Conocí muchos pueblos con historias interesantes como Cocorote con su gran cerro al frente como un homologo Ávila; me bañé en el río Yurubí, en la parte norte de San Felipe dentro de un parque nacional hermoso, que nos hace pensar en las bellezas naturales que tenemos donde quiera que uno meta la cabeza. Conocí el pueblito de Guama, con su samán centenario en la entrada del pueblo; estuve en Chivacoa rindiendo homenaje al gran maestro Don Lino Valle, que descansa en su camposanto. Y en cada sitio probaba una divina cachapa yaracuyana procesada en el sitio, con la frescura del jojoto o una espectacular sopa de gallina con su arepa infaltable.

Precisamente, en Cocorote presencié un entierro humilde que iba saliendo caminando rumbo a San Felipe. Al muerto lo llevaban lentamente en medio de relámpagos y centellas que alumbraban como corrientazos en un cuarto oscuro, seguidos de ese sonido estruendoso que se expandía en la montaña. Era un humilde agricultor que en vida no le gustaba bañarse con regularidad. Si acaso, lo hacía dándose un chapuzón en un manantial en lo escondido de la vegetación, mientras buscaba hierbas medicinales para los curanderos.

Cuando el entierro llegó a San Felipe, el aguacero era realmente intenso y las calles que bajaban hacia el centro buscando el río Yaracuy parecían afluentes sobre el pavimento. Había tanta agua que la gente parecía estar en medio de un río.

 Yo estacioné el carro a un lado de la vía, detrás de tanta gente que despedían al muerto, para esperar que escampara un poco y bajaran las aguas, pero pude ver el preciso instante, que los seis cargadores del féretro fueron arrastrados y el muerto salió despedido como un bote en las corrientes del mismo Orinoco…todos decían “…que eso debió pasar  … para que llegara bien limpio al cielo, el hombre que con el agua siempre, pero siempre, peleado había vivido.”

El gatito Mota


Una mascota efimera: El gatito, Mota.
Durante mis primeras vacaciones escolares, tuve un gatito. De eso hace tiempo, fue por allá, por el año 1965. Se llamaba "mota" y era atigrado de color gris y grandes ojos verdes. Nada cariñoso, al contrario, era muy belicoso, agresivo, arañaba y a todo el mundo le pelaba los dientes en son de ataque. Lo peor del asunto es que orinaba en todas partes y mi mamá lo comenzó a mirar con cierto rechazo. Para colmo se escondía debajo de los muebles y hasta debajo de las camas, lo cual hacía muy difícil amaestrarle. Era un verdadero sujeto insociable. Yo le defendía todos los días porque mi mamá lo amenazaba con dejarlo flotando en El río Guaire. Un día algo pasó como a las dos semanas de estar en casa. Algo comió el ingrato gato, pues defecaba hediondisimo y la casa permanecía con un hedor aborrecible, el cual inundaba todo y sobretodo cuando mamá llegaba del trabajo y respiraba esa fetidez desagradable, entonces preguntaba: ¿Dónde está ese gato hediondo y no se qué cosa, ese gato despreciable? Yo supe que sus días estaban contados. Y efectivamente, una mañana bien temprano, la orden estaba dada después de descubrir que el gatito había defecado como nunca, arriba de la cama de mi madre. “Lo dejaron bien lejos-me dijo mi hermano-, pero por lo menos no le lanzaron al río Guaire.”. Ni modo, me quedé sin mascota y aquellas vacaciones las recuerdo como una breve pasantía de “mota” en la casa, un huésped que hizo lo imposible por vivir en un parque o, a orillas del río Guaire.

Peregrinación con la virgen del Carmen.

Peregrinación con la virgen del Carmen.
LUIS ALFREDO RAPOZO

Fue en 1978 que decidimos irnos de mochileros a la costa barloventeña. En los morrales llevábamos muchos enlatados con buen atún y sardinas de primera; galletas, bebidas deshidratadas, algo de vino y muchos deseos para vivir una aventura frente al mar por tres o cuatro días. Las necesidades que se nos presentaran serían cubiertas con dinero efectivo, que llevabamos en una carterita con una estampita de la virgen del Carmen.

Éramos dos solamente, pero parecíamos como una decena porque las encomendaciones que nos hizo la mamá de Ramón antes de salir, dieron oportunidad  a que nos acompañaran muchos santos y vírgenes en la travesía.

Salimos bien temprano del Terminal “nuevo circo” en un autobús Mercedes Benz rumbo a Río Chico. A mitad de camino desayunamos unos deliciosos golfeados con queso de mano a orilla de carretera y al mediodía estábamos caminando por las calles del pueblo saludando a los niños que nos seguían como si fuéramos Alejandro de Humboldt y compañía. Nos ofrecían alojamiento en casas humildes, pero nosotros insistíamos en que dormiríamos a cielo abierto. Una señora nos dijo que tuviésemos cuidado con las culebras y con uno más que otro malandrito foráneo que nunca falta.

Igualmente, notificamos al puesto policial frente a la plaza “que estaríamos por allí” y entonces emprendimos el camino hacia la laguna de Tacarigua donde pernoctamos debajo de tres cocoteros.

Pasamos tres días estupendos frente al mar, compartiendo con las muchachas del lugar y con muchos turistas que llegaron en carpas; era como un pueblito multicolor. En las noches nos íbamos al pueblo para bailar frente a una rocola con las muchachas  que conocíamos durante el día y luego regresábamos a nuestros tres cocoteros. Una noche, la marea subió de una manera impresionante y nos rebasó violentamente, llevándose todos nuestros peroles. Perdimos muchas cosas que el mar se llevó y no volvimos a ver.

Al día siguiente, descubrimos que en la cartera no había ni un centavo, solo la virgen del Carmen. En ese momento, decidimos regresar en una travesía de largas caminatas y colas, que nos daban los transeúntes de buena fe. Pero, llegamos a Caracas en la noche como si hubiésemos hecho una peregrinación cargando una virgen.

jueves, 21 de agosto de 2014

¿Y dónde meto mi ropa?

-¿Y dónde meto mi ropa?-le pregunté a mi mamá, la primera vez que nos íbamos a oriente de vacaciones para conocer el pueblo donde había nacido ella y dónde vivían sus familiares, quienes yo no conocía, ni en foto.

-“La metes en tu morralito rojo y azul-me dijo- y no vayas a meter ni carritos, ni soldaditos, ni nada que no haga falta. Solo tu ropa.” Yo me molesté un poco porque debía dejar mi bicicleta.

Salimos de Caracas a las once de la noche en un autobús  de lujo-según decían, pero estaba muy lejos, de eso- y estuve pegado al vidrio de la ventana tratando de ver todo lo que pudiera en el camino, pero inmediatamente al comenzar las curvas que nos llevarían a las poblaciones de Guatire y Guarenas, mi estómago comenzó a hacer movimientos extraños y poco faltó para expulsar la cena, sino es por la habilidad de mi mamá en el exprimido de limones en mi boca, por un largo trecho.

Tuve que “dormir a juro” para evitar vomitar. Afortunadamente, no me perdí de nada porque todo era oscuro, mucha vegetación, como si estuviéramos atravesando una inmensa selva; adornada con muchos carteles, avisos, letreros y más pancartas que anunciaban hoteles, playas y taguaras con mujeres sonreídas, en bikinis y con lentes oscuros, que hacían pensar en una actriz de cine como Marilyn Monroe.

A las seis de la mañana estábamos entrando a la ciudad de Cumaná y yo me encontraba maravillado viendo la península de Araya; las isletas entre la bruma y un mar de ensueño, que mecía botecitos multicolores de pescadores a lo lejos.

Cuando llegamos al pueblito de Mariguitar, retrasé mi desayuno, porque no me cansaba de detallar las casitas de bahareque, los cochinos y los burros que circundaban la casa de la prima Higinia y eso que no había descubierto el mar, que solo estaba al voltear la esquina.

La misión

La misión
LUIS ALFREDO RAPOZO

En esas vacaciones de 1968 a mi mamá se le ocurrió la brillante idea de mandarme a dónde mi tía-su hermana mayor-, para que con ella pasara unos días de descanso -a mis ocho años- y le acompañara, pues estaría solita en casa, ya que su hija y sus nietos se habían ido de viaje por más de quince días a un pueblito, por los andes.

Protesté bastante como si fuera un excelso diputado de brillante oratoria; brinqué bastante en el piso casi a nivel de llorantina, debido a que mi tía era muy brava y yo no me imaginaba compartiendo con ella ni siquiera durante el almuerzo. Pero nada: mis lágrimas no consiguieron nada.

-“¡Es una misión que te impongo y te suplico-dijo mi mami-, para que mi hermana no esté sola!”.

 Total, que fui a parar a donde mi tía con mis trapitos nuevos y dos libros para leer de noche, que eran “Pulgarcito” y “Platero y yo”, para darle uso a la imaginación-según consejo de mi mamá-.

Un domingo de aburrimiento mi tía se apiadó de mi y me mandó con un bolívar al cine-que quedaba a ocho cuadras- y pude ver “El conde de Montecristo” por tan solo 0,50 bolívares, mientras  me devoraba dos paqueticos de maní tostado envueltos en un cono de papel periódico, que me alegraron por un día, aquella misión de mandados a la bodega; de compra de periódicos y de llevar dulces a donde las vecinas, quienes visitaban a mi tía de noche para echar cuentos, en el porche.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Cosas que se le ocurren a uno

Cosas que se le ocurren a uno
Cuando se cumple años.


UNO
En un centro comercial,
El otro día,
Me encontraba yo,
En una panadería
Comiendo un cachito de jamón
Acompañado de un café grande
Mientras pensaba:
“Como haríamos para mejorar la situación
Que por poco veré a algún compadre...
Como a un perro:
ladre que ladre”.

Entonces, al frente mío
Se encontraba un mujerón,
Un ejemplar precioso de caballota
Como esas modelos que aparecen en televisión.
Ciertamente,
Me quedé estupefacto y ensimismado
Como ido en el limbo
Observando cada detalle
Que tenía la mujer
Y que llamó su atención
Al punto que me preguntó:
¿me está usted velando la tartaleta?
¿quiere que le brinde un heladito?
Yo le respondí un tanto avergonzado:
“De ninguna manera, señora,
Perdone usted mi indiscreción.
Yo no deseo su tartaleta
Simplemente,
Me la imaginaba sin pantaleta
Al punto que hasta la baba se me ha salido
Como caimán pescando en un río”


DOS
El otro día
Me conseguí a una mujer
En un terrible estado emocional;
la pobre no quería seguir viviendo
porque su marido se había ido con una carajita
sin el menor respeto, ni recato.

Si.
la mujer se quería lanzar
del piso donde vivo;...
quedaría hecha un guiñapo,
no se salvaría,
moriría en el acto
-pensé, mientras trataba
De encontrar una solución,
Una especie de camino
Que me permitiera
Hacerla entrar en cordura
Para que respetara su vida-.

Entonces,
Estuve detallándola:
Era una mujer hermosa, madura
Buena moza por todos lados.
Recuerdo que le dije:
¿Como es posible,
Que una mujer tan bella,
se sienta como un centavo?
Todo porque su marido,
En un momento de locura
la abandonó por una nenita
y se fue para el carajo.

Mejor estimada señora
-le dije-
En vez de lanzarse al vacío
Y quedar como una muñeca de trapo
Toda espernancada, rota y ensangrentada
¿Porque no entra a mi casa,
Se toma un te de tilo
Y reconsidera su decisión?

La mujer se me quedó mirando
Como si un ángel le estuviese hablando
Directamente en su conciencia,
Y entonces me respondió:
-señor, tiene usted razón,
Tengo 50 años
Y ahora es que estoy bien buena.
Voy a vivir mi vida,
“Que se pudra ese viejo maricón
y que la carajita con quién se fue
le monte los cachos
Y que parezca el santo cachón”
-dijo-.
Así se habla señora
-le dije-
Y si regresa algún día a pedirle cacao
Mándelo a freír monos
y dígale que ahora usted tiene un amigo
que no pela gallina vieja
para hacer un buen caldo.
¡qué vaina, la vieja se lanzó por el balcón!

TRES
Yo no tenia conciencia
Que me estaba poniendo pure.


Siempre he tenido buena salud
Y como soy de contextura fuerte,
Pues
Pasaba agachado
Ante muchas cosas,
Que afectan a cualquier cristiano
Que va rumbo a los sesenta.

Fue recientemente,
Que empecé a preocuparme
De lo que comía,
Entonces,
Cuido el azúcar,
Duermo lo mejor que puedo,
No agarro arrecheras por casi nada,
Así me digan hijo de bicha
O cualquier coñodemadrada
Que en otros tiempos
-Con toda seguridad-
Terminaba en un incidente
Con cualquier borracho
O impertinente,
Que abundan en cualquier lado
Como la verdolaga.

Pero,
lo que más me puso en mi lugar,
con todo el dolor de mi alma
es que las chamitas,
o sea, las pavitas,
me decían don
o señor,
y hasta de broma no me daban un puesto
en cualquier autobusete,
o en el metro
cuando quiero andar de pata caliente.

De esa manera,
No miro muchachitas en la calle
Así estén muy guapas:
Ya eso es una norma
Y para no pasar trabajo,
Me conformo con una peor es nada
Que supere los cuarenta y siete.

CUATRO
Ausente
yo siempre andaba ausente
En cuanto sarao
Inventaba mi compadre Juan Vicente.

No me invita en navidad
Ni siquiera a probar un trago de aguardiente;
No me invita el día del padre
A probar sancocho
Mientras vemos un juego de baseball
Entre Cleveland y Detroit;
No se acuerda de mí en ningún cumpleaños
Para celebrar el día de mi ahijado,
Y nunca aparezco en la lista de invitados
De cualquier celebración familiar
Que aparece en el calendario.

Todo comenzó
En su fecha de aniversario
Cuando me consiguió
viéndole el trasero a su mujer
Detrás de un armario.
 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Lindos versos

Lindos versos negroides,
para ser leídos
mientras se viaja en camioneta,
 o después de agarrar una rabieta

UNO
El otro día cruzando la Av. fuerzas armadas
Me atropelló un chofer borracho
Y me dio duro en una pierna.
Yo me dije:
 “-coño, me jodió este maricón, carajo”

Entonces, unos policías
Que para mi suerte
Estaban comiendo unas empanadas
En la esquina de San Luís,
Detuvieron al hombre
-quizás pensando en un negocio-
Y a mi rápidamente
 Me llevaron al hospital Vargas
Pues, se presumía una fractura
Por el dolor extremo
 y eso que yo no soy llorón.

Cuando llegamos a “emergencia”
Una doctora morena
Con cara de barloventeña
Dijo: “desnúdenlo” -como si yo participara
En un certamen de belleza-.

“Yo protesté inmediatamente
-Porque me acordé de un pequeño percance-”
La doctora decía que eran las normas
¿O, es que acaso quería que me picaran el pantalón?

Yo le dije a la matasanos:
“pique el pantalón doctora
Porque me acabo de acordar
Que tengo el interior roto
Y lo que tengo guindando
 se me va a salir, sin ser invitado”

Entonces, la negra me dijo
con su voz de madre amorosa:
“en este hospital mando yo”,
Ordenando nuevamente:
“Para fuera el pantalón
Salga quien salga,
Así sea un degenerado,
Feo o maloliente”

DOS
El fin de semana pasado
El ocioso de José Antonio
Se tomó como 15 viagras
Detrás de un palo de ron
Y le rompió a la mujer la pantaleta.

Se pasó toda la noche
Sin poder dormir
Dando en el rancho pura voltereta
...
Salía un ratito al patio
Se tomaba otro palito de aguardiente,
Miraba la luna
Y regresaba
A brincar como un mono
detrás de la pobre Casilda
Que parecía una pandereta.

Así estuvo toda la madrugada
Hasta que salió el sol
Y el José Antonio se quedó dormido
Con el asta de la bandera
 mirando para arriba,
Ondeando la pantaleta
Y la negra Casilda
Toda ojerosa
Preparó su maleta
Y se fue a donde su mamá
En el pueblo de Río Chico
A tomar hervido de lebranche
Y a lavar en el patio
Todas sus pantaletas.
TRES
El otro día en una buseta
Una negra gorda y tetona llevada guindando
Un negrito llorando
-Parece que quería teta-
Pero, la negra soltó un vozarrón
Diciéndole:
“cuando llegue a casa
Te meto en la poceta”
CUATRO
El otro DIA me pasó una hembra bien bonita por delante,
caminando rapidito, con mucho apuro,
sin embargo, no por eso
detallé a la linda mujer
con unas piernotas
y amplia cadera
con una boca carnosa y unos ojazos grandotes,
que le llamaban la atención a cualquiera.

Detrás venía el marío...
Que se me quedó mirando
Sin yo haberle dicho nada al mujerón
Y me preguntó en son de pelea
“Que si algo se me había perdío”
Yo le respondí por la calle del medio
Ante el nerviosismo de la mujer
“que nada se me había perdío,
Pero lo que me consiga en la calle,
Es mío”
CINCO
los tiempos están cambiando
a paso rápido y con mucho desconcierto,
como si el apuro despejara
las costumbres y los modos
guindados en un palo
donde las gallinas duermen la siesta
en una tarde de caminatas,
baños y jumentos.

El otro DIA se me atravesó una chama...
en la esquina de cipreses, en la Av. lecuna
y me lanzó un piropo extraño
que me dejó turuleco:
“Adiós viejito lindo
Si fueras naranja
Te sacara el jugo…”

Yo no miré para atrás,
No quise ver su cara
Y me sentí intimidado
Por lo que apreté el paso

Si me agarra en un callejón oscuro
Me sacan en camilla
Porque la carajita me haría papilla
Creyendo que soy papa, con leche y  mantequilla
SEIS
La bachaca Marisol Espíritu Santo
Anda de lo más presumida
Desde que se metió a vivir
Con el negro Matías “Pajarote”.
Casi no saluda a nadie
Y camina diferente
Con el culo parao
luciendo su pantaloncito caliente
y eso que el negro la tiene viviendo
en rancho “desbaratado”
con techo de cinc
y puerta de cartón
donde no llega el agua corriente
SIETE
La negra María Encarnación
Me tenía bailando como un majarete
En aquellos años
De cuando uno no creía en nadie 
y tenía que amarrar el machete.

Un fin de semana
la fui a visitar
-a escondidas-,
En el caserío donde vivía,
Con su taita y sus siete hermanos
Que parecían como diez y siete,
y
Quienes me miraban feo
Como si yo fuera un roba gallinas
Dándole vueltas
A su gallinero
Con intenciones
De hacer hervido,
Escondido a orillas del río,
Usando
Todo  recogido en el camino
Y con ocumo silvestre.

Total, que me llevé a la negrita
Al fondo de un platanal
Para darle unos besos
Y ver si tanteaba su yuca
Y le meneaba el florete,
Pero no hice nada
porque la negra era muy inocente,
estaba muy jojota,
demasiado inocente.

Sin embargo, me preguntó
“¿que tienes tan duro en el pantalón?”
Yo le dije “es un plátano grande
Que arranqué de aquella mata

Y me lo llevo
Para hacer tostón más tarde”
A lo que la negrita me respondió
“Esta muy bien, porque se nota que está verde”